Santificar la vida no es moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo.

vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa.
General - Comunidades Eclesiales17/01/2026José Antonio PagolaJosé Antonio Pagola
Bautismo de Jesús. obra
Bautismo de Jesús. obra

AMAR LA VIDA

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad, porque no sabe lo que encierra esta palabra; ignora que significa más que religiosidad, y que no se identifica con lo que tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto solo es posible cuando se experimenta a Dios como «fuente de vida» en cada experiencia humana.

Como ha expuesto Jürgen Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad que prescinde de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que la hace daño y la mata.

Este amor a la vida genera una alegría diferente, enseña a vivir de manera amistosa y abierta, en paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacernos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la persona, Jürgen Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante», pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.

Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna.

Esta es, según el Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Solo esto nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.

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