Los dos Franciscos. Una misma luz, dos tiempos.

Dos señales en dos milenios: el poverello de Asís y el papa argentino. Señal, que nos hace señas. De por dónde es.
Mundo - Vaticano15/03/2026 Néstor Borri

Habían pasado unos años después de los terrores del año mil, otro fin del mundo, cuando en las suaves colinas de la Umbría, surgió, como una música y un perfume, un hombre pequeño cuya señal y pretensiones conmovieron a los suyos y a los ajenos. Un día este hombre se desnudó ante su padre, rico comerciante de telas en esa prehistoria del capitalismo mercantil y la modernidad. Y habiendo sido caballero y juerguista, dijo que querría vivir con una bella dama, que llamó para escándalo de muchos “altísima pobreza”. Y se transformó en un juglar de otra cosa. Iría a las cosas altas por lo menor. Había recibido un mensaje de una cruz, en San Damiano, mensaje sobre ruinas y reconstrucción. Llegó a oídos del papa, y cuando lo fue a ver, ya con sus compañeros, porque locos nunca faltan, le dijo al Pontífice que quería vivir bajo una sola regla, no de monjes ya, sino la del el evangelio solamente, la de las palabras de su maestro: “miren los lirios de los campos, ellos no tejen pero Salomón nunca se vistió como ellos; miren los pájaros, ni uno solo es descuidado ni cae sin que desde lo alto haya atención sobre eso”.

Conocemos su nombre y su figura, ocho siglos después. Es Francesco, el poverello. San Francisco de Asís. En estos días mostrarán sus huesos al mundo, en su Asís natal, donde la que la más bella de las basílicas lo guarda en su subsuelo como un azul en el infierno, como lo supo Giotto en sus blues tan lindos, con lo que nos contó su historia y reformuló la belleza. Lobos, sultanes, papas y damas y pájaros lo escucharon pasmados y desafiados, al juglar de Dios, menudo como era, y tremendo.

Mucho después, en otros tiempos de ruina y mercaderes y guerras, se levantó en Roma un papa venido de lejos, por otra vía, via maris, y se puso su nombre. Del sur del mundo, casi del fin. Hasta ahí, dijo, lo tuvieron que ir a buscar, en Europa no se conseguía, parece. Resultó argentino, tanguero, complejo, simple, oscuro, sonriente, blando, radiante. De primera, asomado al balcón, más que levantar los brazos bajó la cabeza y pidió al pueblo que lo bendijera, para horror de carcamales y júbilo de las menguadas pero subsistentes masas de la plaza.

Alguno dijo, en chiste, que debía ser un argentino muy especial: “cualquier otro argentino se hubiera puesto Jesús Segundo”. El irónico señor no sabía que a Francisco de Asís le decían segundo cristo. Por su luz y sus estigmas. Argentina, no lo entenderías, ameo. Imitación de Cristo, amigo. Esa es la posta.

Dos Franciscos, dos señales, en dos milenios. La señal del nuestro se levantó en Roma y en la tele, cuando faltaban veinte años para que se cumplieran dos mil de la resurrección del Cristo de Galilea, dos mil años de la tumba vacía y los mercaderes del templo. 2013. Se asomó desde el balcón a la Plaza, a Roma, a esa vieja Europa venida a menos, al valle de lágrimas en que se convirtió el mundo. Pero estaba la Roma de todos modos siempre hermosa, en la plaza abrazadora de la columnata y las fuentes. La figura humilde perla gran señal del mago blanco, sonriente, sureño, algo asustado incluso. Uno de nosotros, “metimos un papa”, y conmovió a muchos y después de trece años se fue un lunes de Pascua, lunes del ángel se llama, o sea del mensajero, del eu(bien)angelion. Mensaje de los buenos. Todavía en curso, todavía enviado, llegando.

La señal de los dos Franciscos, la de santo “loco” y la del papa. Paradójico Francesco Pontífice, papa populista para algunos, de misericordia provocadora, lengua arrabalera y humor latino, porteñazo.

Señal; que nos hace señas. De por dónde es, y también y quizás especialmente de por dónde no es. Por dónde buscar, y señal de que se puede encontrar.

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