
Francisco marcó un antes y un después. (Papa comunista).

Uno de los fenómenos más llamativos en tiempos de Francisco, y dentro de la misma Iglesia, fue haberlo etiquetado como “Papa comunista”. ¿La razón? Muy simple: fue un Papa que no se movió dentro de los marcos referenciales tradicionales del poder eclesiástico. No centró su pontificado en la obsesión por el cumplimiento externo de normas, liturgias o tradiciones, sino en algo más radical: la dignidad de la persona, especialmente la más vulnerable.
Su modelo no fue un Papa cortesano, sino Francisco de Asís: aquel santo cuyo punto de quiebre fue el abrazo a un leproso. Ahí cambió todo. Y en ese gesto está la clave. Francisco entendió que el cristianismo no se defiende endureciendo fronteras, sino cruzándolas.
Anduvo en los márgenes. Como Jesús. Un Jesús que rompió con el purismo religioso cuando este se anteponía a la vida concreta de las personas. Un Jesús que puso al ser humano por encima del sistema religioso.
Es cierto que hay sectores del catolicismo que, desde posiciones muy conservadoras, han querido proteger valores como la vida y la familia. Pero proteger valores no puede significar endurecer el corazón. Hace falta una evangelización que purifique la religiosidad cuando se vuelve ideológica y la tradición cuando se vuelve obstáculo, para volver a lo esencial del Evangelio.
Juzgar a un Papa que quiso quitar barreras para que el Evangelio llegara con frescura a la sociedad, y sobre todo a los pobres, dice más de nuestros miedos que de su fidelidad. Paradójicamente, son muchos los no católicos, protestantes, ateos, personas del colectivo LGBT, incluso pensadores de izquierda, quienes reconocen en él una figura profundamente evangélica y humana.
Francisco marcó un antes y un después. Tal vez no transformó todas las estructuras del Vaticano, pero sí movió la conciencia de miles de personas, creyentes y no creyentes. Y cuando se mueve la conciencia, la historia ya empezó a cambiar.




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