Creo en un Dios Padre-Madre que no se escandaliza como nosotros.

Hoy asistimos a una fe reducida a un sistema de control moral: si encajas, Dios te aprueba; si no, te condenan, te exhiben y te descartan.
Mundo29/03/2026 Hna. Adry OSC
No sé por dónde empezar. Esta semana dos noticias se hicieron virales y desataron debate: la ordenación de la primera mujer líder obispa en la Iglesia Anglicana, Sarah Mullally, y el caso de la joven Nohelia Castillo. La primera, lejos de escandalizarme, me mueve a reconocer que hay hermanos cristianos que buscan vivir su fe con honestidad, aunque no sea desde nuestras estructuras. La segunda, en cambio, me sacude profundamente.
Y por qué ponerlas juntas? Por el espectáculo mediático que desataron tantos predicadores, católicos y cristianos, autoproclamados “defensores de la sana doctrina”. Hoy asistimos a una fe reducida a un sistema de control moral: si encajas, Dios te aprueba; si no, te condenan, te exhiben y te descartan.
Conviene decirlo sin rodeos: urge un examen de conciencia serio y a conciencia. Porque muchos no vivimos el Evangelio; vivimos una versión reciclada del fariseísmo.
En tiempos de Jesús también existía esa lógica: puros e impuros, dignos e indignos, cercanos y descartables. Y Jesús se colocó del lado “equivocado” para el sistema religioso. Pues el problema nunca fue la ley, sino el corazón endurecido que la usa para excluir. Hoy pasa lo mismo: discursos llenos de doctrina, pero vacíos de humanidad. Se habla mucho de Dios, pero se parece poco al Dios de Jesús.
Y aquí está lo grave: sobran palabras para condenar a Nohelia, pero faltan acciones para enfrentar la violencia que destruye la vida de tantas mujeres. Es más fácil juzgar a la víctima que cuestionar las estructuras que producen su dolor. Eso no es defensa de la vida; es hipocresía moral.
Se han vuelto virales los “expertos en moral”, señalando culpables desde la comodidad de su supuesta rectitud y superioridad espiritual, mientras el sufrimiento real queda en segundo plano. Sin embargo así no se construye el Reino de Dios; así se perpetúa la injusticia!.
La defensa de la vida, cuando pierde su voz profética, se convierte en instrumento de control. Y lo mismo ocurre con la doctrina cuando deja de ser camino de encuentro y se vuelve arma de exclusión.
Creo en un Dios Padre-Madre que no abandonó a Nohelia en su infierno. Creo en un Abbá que no se escandaliza como nosotros. Y también creo que hacen falta más mujeres en espacios de liderazgo, porque hay dolores que, desde la experiencia masculina, simplemente no se alcanzan a comprender.
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